Capgròs ha dedicado recientemente varios artículos a poner el acento en el Maresme como un espacio cautivador, con mar y montaña, con buena calidad de vida y cerca de la capital. Estos son los reclamos que atraen población pudiente de Catalunya, sobre todo de Barcelona. Este flujo, sumado al hecho migratorio, conforma la comarca como un espacio de destino y con un fuerte impacto sobre las estructuras demográficas. El resultado es, entre otros, una gran presión en algunos municipios donde cada vez más las desigualdades sociales son más evidentes.
No todo son parejas jóvenes buscando nuevas oportunidades o viviendas determinadas, expulsados por la dicha gentrificación, o los migrantes nacidos en el extranjero. Hay que considerar también el aumento de la esperanza de vida, que va envejeciendo y sobreenvejeciendo la población, así como los nuevos modelos familiares.
Los datos manifiestan que en un periodo de dos décadas, el Maresme ha incrementado en 130.000 personas —el equivalente a toda la ciudad de Mataró—. La proyección demográfica para 2034 ya apunta al medio millón de habitantes. Pero su distribución por el territorio no es homogénea.
Por un lado, hay pueblos con una densidad tan baja que, de media, una familia vive en un espacio equivalente a poco más de medio campo de fútbol. Por otro, hay barrios como Santa Anna-Tió (Premià de Mar) y Cerdanyola (Mataró) donde viven 400 personas en el mismo espacio. El caso más extremo es el de Rocafonda, siendo un hormiguero urbano de más de 600 habitantes en la misma superficie.
Además, se trata de una comarca con rentas muy elevadas. Hay municipios como Alella, Sant Vicenç de Montalt, Cabrils, Cabrera, Tiana o Teià que están entre los más destacados de Catalunya. Pero también hay zonas de segregación socioeconómica de las peores. Esto lo pone de relieve año tras año el Índice Socioeconómico Territorial de Catalunya y los datos de los Atlas de distribución de renta, donde hay zonas donde más del 30% de sus residentes declaran rentas un 200% por encima de la renta mediana.
Pero también existe un gran contraste: una comarca muy rica con barrios muy pobres. En algunas secciones del barrio de Rocafonda o la zona sur de Cerdanyola de Mataró, casi la mitad de sus residentes están en riesgo de pobreza. Barrios como Santa Anna-Tió, Poble Nou o El Carme (Pineda de Mar), o algunas zonas de Tordera, muestran datos notables también pero no tan extremos.
En esta banda del espejo confluyen diferentes factores de vulnerabilidad social, como son mayores porcentajes de población migrante de países pobres, menores niveles educativos, trabajos más precarios, más personas por hogar o una mayor dependencia de subsidios.
Y las dinámicas están cambiando de manera acelerada. Las zonas con rentas altas se concentran cada vez más, y las zonas con rentas bajas también se consolidan en determinados barrios de Mataró o del Alt Maresme, que empieza a variar. En estos procesos, el acceso y el mantenimiento de la vivienda se configuran como uno de los principales filtros de exclusión residencial, cronificando las desigualdades.
Hace muchos años que, en el ámbito de las políticas sociales, se habla de este fenómeno y de sus impactos en los servicios públicos. Se debaten herramientas de intervención como las leyes de barrios, la dinámica propia del mercado residencial o cómo la misma Generalitat apuesta por una mayor densificación en materia de vivienda social. Pero se evidencia que, cada vez más, las fracturas internas y la segregación sociorresidencial están más presentes.


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