Manuel Mas ha publicado, en este medio, un interesante artículo de su blog sobre los lamentables hechos de la procesión de la Semana Santa de Mataró. Hizo una reflexión de fondo del tema que, en gran parte, comparto, sobre todo en lo que se refiere a la creciente decadencia de la Iglesia y el clero. Como diría el historiador francés Ferdinand Braudel, es una reflexión del medio plazo. Yo, en cambio, en este corto espacio de expresión, haré una del corto plazo, de los hechos políticos y otros más cercanos.
La procesión de la Semana Santa de Mataró, que, como muchas otras de Cataluña, se convirtió, por la derrota, en una manifestación, no querida por muchos creyentes, del más puro nacionalcatolicismo franquista, fue suprimida, después del Concilio Vaticano II, el año 1971, por decisión de los rectores de la ciudad y de la Comisión Intercofradías de Semana Santa, con el objetivo de “vivificar el espíritu de la Cuaresma, que exige ser vivida más profundamente”. Esta voluntad de cambio, esta revolución, bien vista por muchos de los creyentes, fracasó, a pesar de los cambios importantes que se produjeron en la relación de la Iglesia católica con el mundo laboral y en otros ámbitos de la sociedad.
Progresivamente, se vaciaron las iglesias y surgieron en Mataró altares privados donde se veneraban imágenes religiosas, tal como los altares de México de culto a la Muerte, y todo esto fuera del amparo de la Iglesia.
Los armados veían cómo sus corazas se oxidaban y algunos antiguos penitentes, inmigrantes o autóctonos, añoraban las capuchas, y así, bajo la tutela del Palmar de Troya maresmense, se reanudaron las procesiones, primero en Llavaneres y después en Mataró. Y ahora, de nuevo, los misterios salen de Santa María, bajo el amparo de la Iglesia, que el día de la procesión se llena de gente, y los otros días, muy poco. De nuevo, pues, las procesiones, con una estética que es muy adecuada con la superficialidad del mensaje religioso difundido, están presentes en la Semana Santa.
El poder civil también le dio su golpe de gracia (algunos dicen que en busca del voto). Primero, el consistorio del alcalde Joan Mora, que la declaró Patrimonio Cultural Local, y después el consistorio del alcalde Bote, que la hizo Bien de Interés Turístico; es indudable que ambos dieron alas, apoyos, ayudas y cobertura mediática a la procesión.
La deriva de todo este proceso nos ha llevado a los actos lamentables de esta última Semana Santa, que amenazan la convivencia ciudadana, la salud democrática y la consolidación del neopopulismo.
Corresponde ahora al poder civil, al Ayuntamiento, y a la Iglesia evitar de raíz la reiteración de los hechos y la degradación de este declarado Patrimonio Cultural Local.
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